Reflexion Amorth 4to Glorioso




INDICE⇛⇛
Cuarto Misterio Glorioso
María llevada al Cielo
En Cuerpo y Alma
    Hemos llegado a la glorificación de Maria, a quien Dante define justamente como: "Humilde y alta más que toda criatura". María misma, inmediatamente después de ser llamada por absoluta primera vez "madre de Dios" por Isabel, estalla en un canto en que reflexiona sobre sí misma: "El Señor ha mirado mi pequeñez, ha hecho en mí grandes cosas, y Santo es su nombre".

    Desde este gran marco que nos propone María al comienzo de su elección como Madre de Dios, podernos considerar el fin terreno de la Virgen Santísima cuando fue llevada al cielo en cuerpo y alma.

    Pío XII proclamó el dogma de la asunción con las siguientes palabras: "Al término de su vida terrena, la Inmaculada Madre de Dios, María siempre virgen, fue llevada en alma Y cuerpo a la gloria celestial" (Constitución Munificentíssimus Deus, 1 de noviembre de 1950).

    El Papa no quiere entrar en la discusión sobre si María murió o no. Es una cuestión de valor sólo personal, no de valor para la fe. Por lo demás, la muerte es la condición humana universal. Jesús murió y no hay motivo para que María haya sido librada de la muerte, ella que en toda su existencia apareció tan común como cualquiera. Hay que tener presente también la fiesta de la "dorrnición de María", celebrada desde hace siglos en la Iglesia de Oriente, junto con su asunción.

    La asunción de María es un acontecimiento salvífico de importancia general y representa un elemento insustituible en el plan de la salvación. El papel de María en la encarnación de Jesús, por voluntad divina, fue insustituible y necesario. Ahora bien, la misión de María no termina con su muerte. Para su misión sagrada respecto a Jesús, tuvo necesidad de un cuerpo humilde y pasible. Para su misión con nosotros, hasta el fin del mundo, siempre dependiente de Cristo, necesita un cuerpo espiritual y glorioso. La Escritura nos habla con insistencia del vínculo inagotable entre Jesús y María en la vida terrena; es lógica consecuencia ver tal vínculo prolongado en la vida celestial.

    La vida terrena de Cristo se desarrolló en el vínculo del cuerpo mortal: sufriente y limitado. La resurrección le da un nuevo nacimiento: un cuerpo espiritual, sin limitaciones humanas, con una gloria y un poderío que antes no tenía. Es este el Jesús vivo y resucitado que predican los apóstoles inmediatamente después a las turbas y que está presente en la Eucaristía. Esta también es la transformación que ha mostrado Jesús, para sí y para nosotros, como directa consecuencia de su resurrección: no es un simple cambio de lugar, de la tierra al cielo, sino una transformación radical, glorificación de todo el hombre, alma y cuerpo.

    Respecto a María: así como, en aras de su misión para con el Hijo, le fueron anticipados los frutos de la Pasión de Jesús para hacer que fuera concebida sin pecado original, así mismo, en aras de su actual misión, le fue anticipada la glorificación de la carne. He ahí el sentido de la asunción: Maria participa de la plena glorificación de su Hijo, para ser asociada a Él en la obra de mediación universal ante el Padre. Así también ella está viva y presente en medio de nosotros, con la gloria a la cual todos estamos destinados, y por la cual miramos a ella como a la realización de nuestra esperanza.

    Asunta al cielo, María fue inmediatamente envuelta por el amor infinito del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Y al mismo tiempo contempló, cara a cara, a la santísima Trinidad: un solo Dios en tres personas. Fue una visión estupenda que le produjo un gozo infinito. Comprendió también que esta visión y este gozo no la abandonarían jamás por toda la eternidad.

    Esto es lo que tiene Dios reservado para cada uno de nosotros, si lo amamos con toda nuestra mente, con todo nuestro corazón y con todas nuestras fuerzas.

    ¿Cómo se hace? Jesús nos ha indicado el camino: basta que nos esforcemos en amar al prójimo como Él nos ha amado.

    En este momento, si miramos la vida con los ojos de la fe, nos damos cuenta de que los misterios gloriosos nos remiten a los misterios anteriores. Si cada uno de nosotros vive los misterios gozosos (la continua presencia de Jesús en la Eucaristía), los misterios luminosos (las palabras de Jesús en el Evangelio), los misterios dolorosos (nuestros sufrimientos como participación en la Pasión de Jesús), tanto más vivirá al final los misterios gloriosos. Con razón podemos decir, como se decía en el pasado: "Tanto es el bien que espero que el dolor me es placentero".




INDICE⇛⇛

Comentarios

Entradas populares de este blog