Amorth Misterios Dolorosos

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Meditación de Amorth al Primer Misterio Doloroso

JESÚS ORA EN EL HUERTO DE LOS OLIVOS

Después de la Última Cena, Jesús se va al huerto de los Olivos. El recorrido es corto, pero suficiente para que en Jesús tenga lugar una transformación radical, hasta el punto de sentirse oprimido por el espanto y por el abatimiento, hasta decir: "Mi alma está triste hasta el punto de morir. Quédense aquí y velen" (Mc 14, 34). Desde este momento hasta la muerte, Jesús se siente solo.

Deja en un sitio a los discípulos recomendándoles que velen en oración con él. Una vez más recomienda esto a los tres privilegiados -Pedro, Santiago y Juan- a quienes quiere tener más cerca de sí. Luego se postra con el rostro en tierra y ora largamente diciendo: "Padre mío, si es posible pase de mí este cáliz, pero no sea como yo quiero sino como quieres tú".

Ante esta prolongada oración, no podernos dejar de reflexionar en las lecciones que nos da Jesús sobre la oración. Destaco tres de ellas:
1. Es justo orar por nuestras necesidades materiales (salud, trabajo, sentimientos ...), pero recordemos que quien se queda sólo en esto no ora, sino que pide. La oración es algo distinto. El primer paso es adorar al Señor, todopoderoso y santísimo. El segundo es agradecerle, porque todo lo que somos y todo lo que tenemos es don suyo, sin ningún mérito nuestro. El tercer paso es pedirle perdón por nuestras continuas faltas. Finalmente, el último paso es pedir lo que necesitamos.
2. La oración de Jesús, tan breve pero tan insistente, nos enseña que la oración debe ser prolongada y repetida. No es como encender la luz, no basta oprimir el interruptor.
Me imagino las oraciones de santa Mónica. Tenía un hijo, Agustín, culto e inteligente pero alejado de Dios. Seguía las diferentes corrientes filosóficas difundidas en su tiempo. Su madre oraba y lloraba. Después de años, cumplidos los treinta años, Agustín se convirtió y llegó a ser el gran santo que conocemos.
3. La oración, como nos enseña Jesús, debe terminar remitiéndonos a la voluntad de Dios. Nosotros no sabemos nunca qué es lo mejor para nosotros mismos.

Al volver donde los tres apóstoles, Jesús los encuentra dormidos. Se dirige a Pedro, quien sólo poco antes se había declarado listo para morir por Él: "¿No han sido capaces de velar una hora conmigo? Velen y oren para no caer en tentación, porque el espíritu está pronto, pero la carne es débil".
¡Qué lección tan grande! El demonio nos tienta siempre, si no estamos vigilantes para rehuir las tentaciones, caeremos.

Para no caer es necesario orar. Somos débiles y sin la ayuda de Dios, no logramos superar las pruebas.

Incluso parece que Jesús siente la necesidad de la ayuda de sus amigos. Tiene miedo de quedarse solo. De nuevo se postra en tierra y ora repitiendo las mismas palabras. Cuando quiere asegurarse de que sus apóstoles oran con Él, se levanta y los encuentra nuevamente dormidos. En este momento Jesús queda realmente desconsolado y se siente tremendamente solo. Se postra en tierra nuevamente y ora con gritos y lágrimas, como nos dice la Carta a los Hebreos.

Luego, extremadamente angustiado, suda sangre, tanto que caen las gotas en tierra. Entonces el Padre interviene y manda a donde su Hijo un ángel para que lo consuele. Así Jesús, abandonado por los hombres, se siente aliviado por la amorosa solicitud de su Padre.

Recuperado su acostumbrado dominio propio, siente que llega la turba de los que han venido a capturarlo, bajo la guía del traidor Judas, y enfrenta resueltamente la Pasión y la muerte.

Meditación de Amorth al Segundo Misterio Doloroso

JESÚS ES FLAGELADO

La flagelación romana era algo terrible. Tanto que Cicerón la llamaba horribile flagellum. No era como la flagelación hebrea, limitada a cuarenta golpes, en la cual siempre se daban treinta y nueve para estar seguros de observar la prescripción (san Pablo sufrió cinco veces esta flagelación). La flagelación romana, además de usar flagelos que desgarraban la piel, no tenía límite de golpes y duraba hasta cuando el condenado se veía agotado. A Jesús, según el testimonio de la Sábana Santa, le dieron ciento veinte golpes.

La orden de Pilato se cumplió inmediatamente. Después de llevarlo al patio, los soldados se burlaron de Jesús; después de desnudarlo, le ataron las manos y las fijaron a una columna baja dispuesta para esto, por lo cual el cuerpo permaneció encorvado y totalmente expuesto a los flagelos. En este momento los flageladores se alternaron, dos cada vez, para golpear al condenado hasta que vieron que estaba a punto de derrumbarse.

No sé cuáles habrán sido los pensamientos de Jesús. Me imagino que en su mente repitió: "Padre, hágase tu voluntad".

Quizá pensó en el versículo del salmo: "Yo en cambio soy gusano, no hombre". Se veía tratado realmente como un objeto en las manos de quien se encarnizaba contra Él, sin siquiera conocerlo. A veces sucedía que, después de la flagelación, pasados algunos días, el condenado muriera por las infecciones u otras complicaciones.

Seguramente, cuando Jesús fue forzado a levantarse, daba lástima ver su cuerpo cubierto de heridas sangrantes.

Los soldados habían cumplido la orden de Pilato, pero no habían satisfecho su propio gusto de desfogarse contra un odiado judío. Por eso idearon algo más contra Él.

Meditación de Amorth al Tercer Misterio Doloroso

JESÚS ES CORONADO DE ESPINAS

Parece que la realeza de Jesús ofuscó a Pilato, a Herodes y a los soldados. Incluso en lo alto de la cruz aparecerá expuesto el escrito: "Jesús Nazareno, rey de los judíos". Los soldados se dijeron: "Hagámoslo rey a nuestra manera", e invitaron a participar a toda la tropa presente. Con esta numerosa convocatoria, Jesús comprendió tendría que dar un cruel espectáculo en el cual todos participarían.

No les fue difícil disfrazarlo de rey. Un trapo escarlata servía de manto; una caña en la mano derecha servía de cetro; un escabel era el trono. Finalmente el adorno más significativo, una corona de espinas hábilmente entretejida, le fue clavada como corona real en la cabeza, de modo que las espinas, al penetrar en la piel, la sostuvieron bien firme.

Entonces comenzó el espectáculo. Uno por uno, todos los soldados se sintieron actores. Imitando el saludo que se dirigía al emperador, se arrodillaban con desprecio y recitaban su parte diciendo: "Salve, rey de los judíos". Y por iniciativa propia completaban la escena o con un esputo en la cara o con una bofetada, o un tirón de la barba, o blandiendo la caña de la mano del condenado y golpeándole con ella la cabeza coronada de espinas.

Este suplicio y este desprecio duraron el tiempo necesario para que toda la tropa pudiera quedar satisfecha. Imposible imaginar el estado en que Jesús fue devuelto ante Pilato y presentado al pueblo.

Aquí invitamos a destacar el imperdonable error de Pilato en cuanto juez. Mientras Jesús estaba solo delante de él podía decir con verdad: "¿Sabes que tengo el poder de condenarte a la cruz o de dejarte ir libre?"; pero desde el momento en que invitó a la turba a pronunciarse, ya no estaba en su poder el tomar la decisión que quisiera.

Meditación de Amorth al Cuarto Misterio Doloroso

JESÚS CAMINO AL CALVARIO

El camino hacia el Calvario no es muy largo (unos seiscientos metros); pero para Jesús, después de todo lo que había pasado, se volvió muy pesado y humillante por las condiciones físicas. La cruz está compuesta de dos leños: el primero, llamado astil, alto y grueso, es clavado en la tierra para advertir a los malintencionados, mientras los condenados deben transportar el leño transversal, llamado patibulum, no demasiado pesado para quien tiene todas sus fuerzas, pero de un peso casi insoportable para quien está debilitado por los maltratos anteriores.

Para Jesús es realmente humillante ser presentado ante la turba en ese estado: con el rostro deformado, casi irreconocible, el cuerpo sin fuerzas, que a duras penas se arrastra, encorvado por el peso del leño. Quizá cae. El Evangelio no lo dice, como tampoco dice si su mirada se encontró con la de su madre, que con seguridad estaba presente. Tampoco dice que una mujer, enfrentándose al peligro de ser expulsada por los soldados, haya tenido el valor de acercarse a limpiarle el rostro: no se habla de ello, pero es posible.

Con certeza sabemos que los soldados, viendo la lentitud con que avanza la triste caravana, obligan a un hombre que vuelve del campo, Simón de Cirene, a llevar el leño de Jesús caminando detrás de él. Probablemente el Cireneo quería descansar y quizá se haya arrepentido de no haber escogido otro camino para llegar a la ciudad. Pero la vida hace estas jugadas. Aquel episodio tan imprevisto hará que el Cireneo sea recordado hasta el fin del mundo. Me imagino también que Jesús lo recompensó haciéndolo convertirse en seguidor suyo junto con su familia, En efecto, Marcos nos precisa que Simón es el padre de Alejandro y Rufo. No sabemos nada más de estos hermanos, salvo que eran dos cristianos bien conocidos en la comunidad de Jerusalén.

Entre tantos insultos, especialmente por parte de los miembros del Sanedrín, también hay un grupo de mujeres que han acompañado al Señor desde Galilea a Judea. Ellas lloran ante los tormentos de Jesús. Jesús se dirige a ellas y les da una gran enseñanza, la última recomendación antes de morir. A menudo se pasan por alto estas palabras, pero es un error. Jesús enseña una cosa importante: "No lloren por mi, sino por sus hijos. ¿Si se trata así al leño vende, qué no será del leño seco?"

Las últimas palabras dicen esto: "Si soy tratado así, yo que soy el leño verde, y soy forzado a enfrentar una prueba tan terrible, ¿qué será del leño seco, es decir, de los que mueren en pecado mortal y van al infierno? El infierno es un sufrimiento mucho más grande que el mío y, ante todo, es un sufrimiento eterno". Vemos cómo Jesús, estando ya a punto de ser horriblemente crucificado, no está tan preocupado por la crucifixión, sino por las almas.

De esta forma nos dice a todos nosotros cuál debe ser nuestra principal preocupación diaria: la de vivir en gracia de Dios. Todos sabemos que uno puede morir a cualquier edad. Por esto el Señor nos amonesta: "Estén siempre preparados, porque no saben el día ni la hora". Esta preocupación por nosotros, cada día, es mucho más importante que todas las demás preocupaciones.

Meditación de Amorth al Quinto Misterio Doloroso

JESÚS MUERE EN LA CRUZ

En ese momento Juan nos representa a todos nosotros. Él "la acogió en su vida", en su vida de discípulo de Jesús que ahora, ante el misterio de la cruz, manifiesta toda la radicalidad que le es propia. Varias cosas necesitan los discípulos: el pan de vida, la participación en la vida divina ... pero también una madre como María.

Estamos frente al último acto y Jesús nos hace un último regalo: proclama la maternidad de María para cada uno de nosotros. Es una maternidad real y está dirigida a engendrarnos para el cielo; está, por tanto, orientada a nuestra salvación eterna, y para tal fin nos es necesaria: para nacer al cielo necesitamos de una madre.

En la recitación de este misterio acostumbro a hacer una reflexión en cada una de las diez Avemarías, recordando las siete palabras dichas por Jesús en la cruz y algunas referencias proféticas.

Avemaría 1. "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen". Jesús no sólo perdona, sino que además busca una justificación. Que nuestro perdón siempre sea así.

Avemaría 2. "Hoy estarás conmigo en el Paraíso". Son admirables las palabras del llamado buen ladrón. Reconoce sus culpas, afirma la inocencia de Jesús, cree en su realeza y le pide: "Acuérdate de mí cuando estés en tu Reino". No es difícil reconocer a Jesús cuando hace los milagros. Pero para reconocerlo cuando es un pobre condenado que muere a tu lado, se necesita una fe heroica.

Avemaría 3. "He ahí a tu madre; he ahí a tu hijo". No ha sido un privarse de la maternidad de María, sino un extenderla sobre nosotros. Indicó a su madre la misión maternal que la comprometería a lo largo de los siglos. A nosotros nos señaló una ayuda necesaria a la que podemos recurrir.
Como Jesús decidió tener necesidad de María para encarnarse y para hacerse hombre, así decidió que María fuera necesaria a nosotros para engendramos para el paraíso. Por eso ella nos sigue y nos ayuda a cada uno de nosotros en la peregrinación terrena.

Avemaría 4. "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". No es un grito de desesperación, sino de extremo abatimiento. Es el desahogo de la humanidad de Jesús, que se siente abandonada por Dios.

Avemaría 5. "Tengo sed". La tortura y la gran pérdida de sangre le han provocado una sed insoportable. Habrá pensado: tengo seca la garganta y mi lengua se me pega al paladar.

Avemaría 6. Se cumplió realmente la profecía: "En mi sed me dieron a beber vinagre". Debe haberlo bebido con avidez, percibiendo su amargura.

Avemaría 7. "Se repartieron mis vestidos y sobre mi túnica echaron suertes". Precisamente así hicieron los soldados. Vale la pena observar que lo único que tenía Jesús eran los vestidos que llevaba puestos. Así su pobreza se vuelve absoluta.

Avemaría 8. Ahora podía repetir las palabras de Job: "Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré al vientre de la tierra". Se ha de notar que para los hebreos era absolutamente repugnante que los crucificados fueran expuestos desnudos. Por eso había mujeres hebreas que proveían un trapo para envolver los costados de los condenados a la crucifixión.

Avemaría 9. A Jesús no le queda sino decir: "Todo está cumplido". Es decir, ha cumplido enteramente la voluntad del Padre. Y ha realizado todas las profecías que se referían a Él.

Avemaría 10. "Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu". Es la última palabra de Jesús en un momento de gran aridez espiritual, pero de total y confiado abandono. Vino a la tierra enviado por el Padre, ahora deja la tierra para volver al Padre. Durante toda su vida Jesús siempre expresó su total dependencia del Padre: en todo lo que hacía y en todo lo que decía. Ahora por fin retorna a Aquel que lo ha enviado.

Aquí yo suelo añadir dos misterios. Simplemente los menciono para quien quiera hacer lo mismo.

Sexto misterio doloroso. El corazón sacratísimo de Jesús traspasado por la lanza.

Séptimo misterio doloroso. El corazón inmaculado de María traspasado por una espada.

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